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jueves, 5 de febrero de 2009

Yumbel - Historia de la Ciudad de Yumbel


La ciudad se originó en el antiguo fuerte de San Felipe de Austria levantado en 1585 por el gobernador Don Alonso de Sotomayor, en los alrededores de lo que hoy se denomina cerro Centinela.

Emplazada geográficamente acorde a los principios básicos de fortificación militar y defensiva, propios de la Conquista y Guerra de Arauco, Yumbel se ubicaba entre dos cursos de agua, hoy conocidos como Estero Yumbel, por el oriente; Estero Bermejo, por el norte; y por el sur, cerro Centinela, que constituía el Mirador, que permitía observar a distancia cualquier desplazamiento de gente.

El fuerte de San Felipe de Austria fue destruido por los araucanos y levantado por segunda vez en 1603, en esta fecha el gobernador Alonso de Ribera le dio el nombre de Fuerte de Santa Lucía de Yumbel. Nuevamente fue destruido en 1648 y levantado en 1663 con el nombre de Nuestra Señora de Almudena, y repoblado 3 años después con el nombre de Austria de Yumbel. En 1766, bajo el gobierno de Antonio Guill y Gonzaga, se erigió en villa. Fue destruida parcialmente por el terremoto del 20 de febrero de 1835.

Recibe el título de ciudad por decreto supremo el 16 de marzo de 1871.

El desarrollo de la comuna en general y de la ciudad de Yumbel en particular, ha estado ligado profundamente en el quehacer religioso gracias a la veneración a su Santo Patrono, San Sebastián.

Yumbel - Historia del Pueblo de Rere


El pueblo de Rere se ubica a 21 Km de Yumbel. Los orígenes de Rere se relacionan directamente con la guerra fronteriza que libraron españoles y araucanos desde los comienzos de la Conquista. Durante el siglo XVI el proceso de fundación de ciudades y de posecionamiento de las tierras en las que vivían las reducciones indígenas se consolidó con algunas dificultades hasta la zona del Bío Bío. Muchas ciudades fundadas al norte de este río, principalmente Santiago, fueron creciendo en la medida que el sometimiento de los indígenas garantizaban la debida tranquilidad. Sin embargo, el avance hacia el sur del Bío Bío, en donde residía gran parte de los araucanos, fue una tarea titánica y el sometimiento de las ciudades y fuertes fundados por el propio Pedro de Valdivia se hizo casi imposible.

Prueba de ello es la misma muerte de Pedro de Valdivia en Tucapel hacia 1553 y los incesantes esfuerzos que desplegaron sus sucesores a fin de someter a aquel territorio que parecía indomable. Es así como a fines del siglo XVI se produce la gran sublevación indígena al sur del Bío Bío tras el desastre de Curalaba, trayendo consigo la muerte del gobernador Martín García Oñez de Loyola y la destrucción de la totalidad de las ciudades españolas que a duras penas se habían sostenido en esa zona. Surge entonces la necesidad de reorganizar las fuerzas españolas en torno a aquel río que servirá de frontera a ambos pueblos en pugna.

En este contexto llega a Chile el prestigiado gobernador Alonso de Ribera quien, viendo las falencias de sus antecesores, traza un plan destinado a darle una nueva dinámica al proceso de conquista. Para ello hace construir una serie de fuertes a lo largo del Bío Bío a objeto de asegurar aquella frontera natural y conjuntamente con ello, hacia 1603, fundó entre Chillán y Concepción la llamada Estancia de Rey, que ese mismo año pobló de ganado y sembró de trigo. De este modo, los inicios de Rere se involucran directamente con la nueva dinámica de guerra que impulsará el Gobernador Rivera, y dicha función propiamente económica de sus inicios se le agrega al poco tiempo su función militar como una consecuencia inevitable dada la cercanía al escenario de la guerra. Así lo señala Diego de Rosales:

"Viendo el gobernador (Rivera) el trabajo con que se socorrían los fuertes de bastimentos, tomo una buena resolución de poblar un fuerte en un puesto que se llama Huilquilemo con intento de dejar allí una sementera para el Rey...".

El fuerte nace entonces como consecuencia de la necesidad de cuidar los sembrados y ganado que de continuo eran objeto de robo. La fortaleza se perfila con un carácter más defensivo que de protagonismo en la lucha contra los Araucanos. Además por su ubicación a espaldas de los fuertes que estaban a orillas del Bío Bío, servía como punto intermedio para el socorro de los diferentes fuertes o como punto de retirada gradual entre una eventual ofensiva indígena.

Yumbel - Historia de Yumbel


La comuna de Yumbel se ubica en la provincia del Bío Bío en la región del mismo nombre de Chile. Es conocida internacionalmente por sus eventos religiosos que giran en torno a la imagen santa de San Sebastián.

Pero esta comuna ofrece en cuanto al turismo variadas opciones para conocerla. Entre ellos tiene: rica historia, hermosos paisajes, eventos de reconocimiento nacional, pueblos y localidades pintorescos, balnearios en distintos cauces hídricos como también en los Saltos del Laja, además de variados mitos y leyendas.

Yumbel - Historia de Rere


Rere: pasado de grandeza

Las calles de la apacible localidad de Rere, distante unos 20 kilómetros al poniente de Yumbel, apenas revelan su pasado de esplendoroso y su gravitante importancia en la historia nacional y de la provincia de Biobío.

Hacia 1586, en los albores de la Conquista Española y en medio de los cerros de la Cordillera de la Costa, se instaló el fuerte de la Buena Esperanza, justo un año más tarde que el ya existente en la actual ciudad santuario. Fue bautizado como Rere, cuya significado es la derivación de "pájaro carpintero" en mapundugún.

Bajo esta protección militar, en su entorno se comenzó a desarrollar una bullante actividad que estuvo directamente relacionada con la presencia de lavaderos de oro (llegaron a haber hasta 180 en el entorno) y el fuerte desarrollo de la actividad agropecuaria, que permitía abastecer a todas las localidades cercanas, especialmente Concepción. También fue (y es) una zona reconocida por la calidad de sus viñedos que, gracias al generoso sol, permite mostos de reconocido prestigio.

Pero no fue hasta 1720, cuando fue declarada oficialmente como villa, que no se produjo su verdadero crecimiento. No en vano, hacia principios del siglo XIX, llegó a ser la segunda ciudad de importancia en el país con 22 mil habitantes (Santiago, la más grande, tenía 70 mil) y con un área jurisdiccional que llegaba hasta la misma cordillera de Los Andes.

De esa misma época datan sus enorme campanas (de unos mil 200 kilos cada una), fundidas con oro donado por sus habitantes.

El primer golpe que anticipó su caída fue la expulsión de la orden jesuíta de todos los territorios dominados por la Corona Española, hacia fines del siglo XVIII, que redundó en que partieran de Rere los religiosos que habían cultivado sus estancias agrícolas, levantado los primeros colegios y construida la actual casa parroquial. Más tarde aparició el ferrocaril que llegó a Yumbel, hecho que dejó a Rere a contramano de la actividad productiva de la zona.

La localidad ya no fue el punto de paso obligado de los productos que se movían en la zona.

Por eso ahora, con poco más de 3 mil habitantes y un área geográfica reducida a su mínima expresión, la localidad de Rere vive apegada a su devenir agrícola y con la nostalgia de los tiempos pasados.

Yumbel - La mata de la picardía


Para llegar por tren a Rere, histórico poblado de la región del Biobío, es necesario bajarse en el caserío de Buenuraqui, ubicado a 11 kilómetros. Desde allí hay que internarse por un pintoresco y polvoriento camino que sube y baja serpenteando entre los cerros. Poco antes de llegar al pueblo, se encuentra un longevo litre, conocido como Mata de la Picardía. Es común para el viajero escuchar páreme en la mata'e la picardía, al chofer del microbús que, de tarde en tarde, hace el recorrido entre Rere y Buenuraqui.

Mi abuela me contaba que desde tiempos antiguos, muchas carretas se desplazaban a Buenuraqui con enormes pipas llenas de chicha y vino para embarcarlas allí con destino a Concepción y Talcahuano. La partida, como se acostumbra en el campo, era de madrugada. Aún oscuro, los peones alistaban las yuntas y emprendían viaje, formando una caravana que parecía una gorda cuncuna que serpenteaba por el camino cuesta arriba. Cuando ya quedaban atrás las casas del pueblo, los viajeros se detenían junto al viejo litre, para el primer descanso de hombres y bestias.

A orillas del camino buscaban pajitas secas y convencidos que nadie podía verlos se subían sobre las pipas. Sacando el grueso tapón, comenzaban a chupar la fresca savia que las viñas habían dado durante la vendimia, dando rienda suelta a la picardía campesina.


Versión de Luis Espinoza

Yumbel - San Sebastián: Entre lo popular y lo divino


La tranquilidad volvió a Yumbel. Su gente guardará pacientemente hasta el “20 chico”, en marzo, para recibir nuevamente a ese mar humano que fielmente avanza de rodillas para suplicar o agradecer al santito milagroso por algún favor concedido. Así es la fiesta de San Sebastián donde el fervor popular y las tradiciones se mezclan sin recelo, detenidas en el tiempo, haciendo olvidar, aunque sea por algunos momentos, que estamos en pleno siglo XXI.

El día de la celebración, el pueblo amaneció más temprano que de costumbre. Desde la medianoche y cada dos horas la Iglesia ofreció misas a los peregrinos que provenían desde distintos puntos del país para pagar sus mandas. Pero no sólo ellos fueron puntuales, también los vendedores que “religiosamente” llegaron para participar, a su modo, de la festividad. Total, aunque sea pequeña, la imagen de madera de cedro de tan sólo 75 centímetros alcanza para todos.

Desde las primeras horas, los madrugadores se apoderaron de la plaza y en improvisadas colchonetas en el suelo sucumbieron ante los brazos de Morfeo. Ahí niños, hombres y mujeres tapados hasta el cuello descansaron sus cuerpos, antes de ir a saludar al santito. El silencio comenzó a ceder y las calles a inundarse de gente.

Y es que, aunque pocos sepan que San Sebastián era un joven militar romano del siglo III, que sobrevivió a las flechas que le propinaron otros soldados por orden del emperador Dioclesiano y que finalmente murió flagelado por proclamar su fe en Cristo, cada vez llega más gente a venerarlo, familias completas, sobre todo de origen humilde, quizás para pedir un milagro o sólo en busca de esperanzas.

Para demostrar su agradecimiento o para que la petición cobre más valor cada cual elige algún sacrificio. Algunos entregan dinero, otros caminan largas horas, encienden velas hasta la saciedad o llegan de rodillas hasta el altar, ubicado en el campo de oración.

Este último es el caso de Emperatriz Díaz, chilena radicada en Francia, quien antes de partir al viejo continente, hace ya 23 años, prometió que cada vez que estuviera en el país visitaría a San Sebastián. Y así lo ha hecho en tres oportunidades. Esta vez llegó en compañía de su esposo y del menor de sus dos hijos, de ocho años, quienes a pleno sol la ayudaron en su cometido abriéndole paso entre la multitud.
A esta mujer la fe en Dios y en los santos se la inculcó su familia desde que era pequeña, del mismo modo que ella se la ha transmitido a los suyos.

Muy distinto es el caso de Marta (29), quien caminó descalza ocho kilómetros junto a su esposo para renovar una manda. Ella comenzó a creer en el santo sólo hace cuatro años cuando le detectaron una grave enfermedad. Contó que la desesperación la llevó a aferrarse a la religión y aunque aún no se mejora el sólo hecho de confiar en Dios la tranquiliza. Casada hace cinco años y ante la imposibilidad de tener un hijo, ruega para que el santo interceda ante la divinidad y le conceda el milagro que la medicina le ha negado.

Yumbel - Historia de la Imagen de San Sebastián


La historia de la imagen en Chile se remonta a la época de la conquista, ya que los soldados españoles tenían como su patrono a San Sebastián y dónde llegaban procedían a entronizarle. En Chillán nació el culto a este santo mártir y fue con la fundación de esta ciudad cuando los soldados españoles trajeron desde su país la sagrada imagen que hoy se venera en Yumbel. A consecuencia de una de las tantas sublevaciones indígenas, la encabezada por el toqui Butapichón arrasó e incendió la ciudad de Chillán en 1655, debiendo las huestes españolas huir, llevándose la imagen del santo para protegerla y dejarla posteriormente enterrada en las cercanías de la villa de Yumbel, al pie del cerro Centinela.

Los habitantes del lugar la encontraron y dispusieron entonces su veneración, instalándola a partir de esa fecha en diversos lugares del pueblo, hasta que fue ubicada definitivamente en su actual templo.

En la entrada poniente del pueblo se erigió la primera capilla en honor de San Sebastián. Estuvo ubicada en el sector donde hoy se encuentra la ermita de San Sebastián en la plaza Alonso de Sotomayor. Un intento de destruir esta sagrada figura por parte de algunas personas incrédulas y poco piadosas, ocurrido en 1878, marca el inicio de su fama como santo milagroso en la zona y sus alrededores. Estos la dejaron abandonada, semiquemada y enterrada en unas dunas en el sector de lo que hoy se ubica el camino a Monte Aguila. Luego de una minuciosa búsqueda emprendida por los pobladores, fue encontrada, con las muestras del intento de profanación.

De ahí en adelante, comenzó su veneración masiva por parte de los habitantes de la zona, quienes suplicaban al santo mártir protegiera sus siembras de sequías, pestes y toda suerte de calamidades naturales. Desde ahí, se dio comienzo a una devoción de personas no solamente del sector sino de todos los alrededores y el resto del país que acudían hasta el templo de Yumbel. Lo hacían en los medios de la época, a pie, en carretas, posteriormente en vehículos colectivos y particulares y mayoritariamente en los trenes que arribaban del norte y del sur, para solicitar al milagroso santo favores de toda índole.

Su actual ubicación frente a la principal plaza de Yumbel, data desde 1859, cuando fue construido el templo que hoy conocemos después que el devastador terremoto de 1835 destruyera el recinto que cobijaba a la venerada imagen.
A comienzos del siglo XX, el Santuario comienza a adquirir fisonomía de tal, con la habilitación de las primeras instalaciones, como el comedor de peregrinos, galpones donde la parroquia y el santuario ofrecían almuerzos a los devotos y peregrinos, también parte la primera hospedería.
En el templo santuario se dormía, se comía, se celebraba la misa y se daban los sacramentos. La fiesta concluía con una procesión alrededor de la plaza, mientras que enfrente del templo se instalaban negocios en donde se vendía de todo y la gente, especialmente los campesinos, aprovechaban para abastecer sus casas.

Bajo el obispado de monseñor Alfredo Silva Santiago, la Iglesia permitió la celebración del 20 de marzo, dado que muchos devotos en enero estaban ocupados en sus labores, básicamente campesinas. De esta manera, el número de feligreses aumentó con las dos fiestas y el templo se hizo insuficiente para recibir a tantos peregrinos. Tanto fue así que bajo la administración pastoral del Arzobispo Manuel Sánchez, se concibió la idea de un Campo de Oración, es decir, habilitar un lugar fuera del templo, que fuera más espacioso y libre, para que la gente pudiera tener un momento de interioridad, hacer oración, participar de la misa, recibir los sacramentos y entregar sus ofrendas y mandas, además de agradecer los favores de Dios concedidos por intersección de San Sebastián. Desde ese momento, el Santuario adoptó un carácter mas pastoral, es decir, una oportunidad para anunciar a Jesucristo y convocar la fe en él.

Esta labor prosiguió con los obispos Manuel Santos y Alejandro Goic, cuyo esfuerzo de veinte años trajo sus frutos, dado que la peregrinación tuvo un carácter marcadamente evangelizador y religioso, depurándolo de sus desviaciones o deformaciones. orientándose hacía una preocupación más de fondo en lo referido a la fe y el compromiso católico. Este antiguo Campo de Oración se ubicó en la manzana adyacente al templo santuario, en la esquina de la plaza, en O’Higgins con Castellón. De la misma forma, el comercio se trasladó de la plaza a este nuevo Campo de Oración, rodeando todo su entorno, ocupando las aceras y calzada.

El aumento de la afluencia de peregrinos además del crecimiento de la población, la evolución de los medios de transporte y incremento del parque automotriz, junto a los cambios socioeconómicos experimentados por el país, le dieron otra fisonomía a la festividad. Esa imagen de una plaza llena de tendales, el comercio por doquier en calles y veredas, fondas en sus alrededores y mucha gente, cambió por el aumento del comercio ferial y de ambulantes que comenzaron a asfixiar las actividades puramente religiosas que se desarrollaban en el Templo y Campo de Oración. Todo esto creó un nuevo escenario, caracterizado por la masiva invasión de todo tipo de comercio en los accesos y alrededor de los recintos religiosos impidiendo su normal funcionamiento.